Mi Abuela (y otros dos relatos)

MI ABUELA

Mi abuela Clara vivió casi 100 años. Fue mujer de campo, vivió siempre en el pueblo. Vivía sola en una casa grande de adobe y teja, que fue alguna vez la casa familiar. Era una mujer alta, canilluda y de cabello largo, totalmente blanco. En sus últimos años ya veía con dificultad y a veces había que gritarle. Caminaba despacio, apoyándose en su bastón, mismo que utilizaba para ahuyentar a las vacas que intentaban meterse al largo corredor que había debajo del tejabán, o para asustar a las gallinas que se subían al pretil. Le gustaba que la visitara. Me quería mucho. Se ponía contenta de verme, aunque siempre terminaba llorando, decía que yo le recordaba mucho a mi padre, muerto hacía muchos años. Cuando mi abuela murió, no fuí a su entierro, no me avisaron; sentí mucho no haber podido despedirme de ella. Años después, tuve que pasar por el pueblo y una ponchadura de llanta me hizo detener la marcha. La reparación no fue fácil pues ya era el mediodía, cuando nada se mueve en Tierra Caliente, cuando lo único que se ve en esos pueblos es el calor que reverbera en los techos de las casas y en las piedras del camino. Y entonces ahí, sudando bajo el inclemente sol, mientras cambiaba la llanta de la camioneta, pensé en mi abuela. Pensé en lo contenta que ella estaría por verme una vez más. La imaginé sonriendo. Y pensé en esa extraña casualidad que logró detenerme a un lado del camino, exactamente a espaldas de su casa, la casa de mi abuela.

UNA ABUELA PELANDO PAPAS

La anciana era dulce y amable. Mientras pelaba papas, veía sin ver, daba instrucciones, se mantenía atenta al grupo de mujeres presurosas, nerviosas, que llevaban comida de un lugar a otro. Sentada ahí, en esa mesa cercana a la cocina llamaba la atención por su tranquilidad entre tanto ajetreo. La abuela parecía brillar, la sentí luminosa, como si fuera el centro de gravedad de todo aquello. Era una mujer acabada, desgastada por los años, pero matriarca firme y autoritaria. Cuando hablaba se notaban diferentes tonos en su voz, un tono amable para los clientes, uno firme para las empleadas, más suave para sus hijas y aquel acento cariñoso y maternal para las pequeñas nietas, a las que acariciaba con mimos y palabras tiernas. Irradiaba fuerza y ternura al mismo tiempo, ahí, quieta, charlando, repartiendo sonrisas, repartiendo mimos, escuchando, gritando; la adivinaba sobreviviente de tantas cosas, conocedora de todo. Me fuí de ahí con una sensación extraña, con cosas dando vueltas en mi cabeza. Sentí una mezcla de envidia, admiración, ternura y respeto hacia ese ser tan frágil en apariencia pero tan fuerte en realidad. Se veía completa, realizada como ser humano, aferrada a la vida, concentrada en su papel, se veía tan necesaria en ese, su pequeño mundo.

UNA ABUELA EN FALDA CORTA

Hoy viajé en el metro. En la línea que va de Tasqueña a Cuatro caminos. Me encantan las líneas del metro que no son subterráneas, puede uno admirar las calles y las fachadas de las casas desde otro ángulo. En Nativitas se subió una señora de aspecto extraño. Era una mujer madura y delgada, de unos 60 años o más. Llamó mi atención su aspecto, era una abuela inusual en un vagón lleno de gente normal. Llevaba una falda negra muy corta y zapatillas negras puntiagudas, muy sucias. La falda hacía resaltar mucho sus largas piernas pero de una manera desagradable, su piel ya no era firme sino flácida y marchita. Su pelo estaba teñido de un color rojizo muy claro pero sólo por partes ya que se veían también sus canas en grandes mechones disparejos. Su rostro lucía casi blanco por tanto maquillaje, con bastante colorete en las mejillas, dándole un aspecto mortecino. Al sentir mi mirada volteó a verme y pude ver tristeza en sus ojos. Luego hizo un pequeño gesto que quiso ser coqueto pero que terminó en una mueca. Después sólo se quedó cerca de la ventanilla, mirando hacia afuera. Me quedé pensando en ella, en su manera de vestir, en ese ánimo callado por querer ser joven todavía, en querer ser una versión mal lograda de su antigua imagen, en su resistencia a aceptarse a sí misma y a aceptar su edad. Sentí pena por ella. Intenté justificarla por atreverse a ser diferente pero no me alcanzó el intento. Volteé mi mirada.

Published in: on 10 julio, 2010 at 1:42 am  Comments (2)  
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2 comentariosDeja un comentario

  1. Suele ocurrir que el tiempo se eleva como agua en vapor por los recuerdos y reposa tranquilo en la memoria de los que ya no están, o de aquellos que estando, suelen ser fantasmas atrapados por la ciudad.

    Besiño.

  2. TU ABUELA PELANDO PAPAS, TE FELICITO, QUE LINDO RETRATO, LA VI Y TAMBIEN ME VOY CON ENVIDIA,
    BIENVENIDO AL 2010


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